Si mamá hubiera estado en casa, seguramente nos habría reprendido. Empezaba a oscurecer. Juan había sido el primero en saltar, Milena la segunda, Joan la tercera. Yo había decidido ser el último porque quería vigilar que nadie en casa nos viera saltando esa pared.
Cuando salté, Milena y Joan estaban removiendo unas piedras que formaban como una pequeña montaña en el patio de doña Carmen.
"No hay nadie", dijo Juan en voz baja, que venía de la puerta del patio.
Milena y Joan siguieron removiendo las piedras, hasta que quedó solo una y pudimos ver claramente que detrás de ella, había como una especie de ventana que salía del suelo. Juan quitó esa última piedra, la más grande y pesada tal vez, y los cuatro nos dispusimos a abrir la ventana, que se resistía furiosamente a dejarnos ver lo que escondía.
Decidido a descubrirlo, Juan forzó y forzó la ventana hasta que finalmente se abrió: Era un hueco inmenso, como un pozo oscuro y profundo del que emanaba un extraño olor.
Como era imposible ver el fondo, Juan saltó la pared y fue a casa y regresó con una linterna. Alumbró hacia el interior del pozo y Joan, que no había dicho una palabra hasta el momento, dijo que le había parecido ver una escalera, y le pidió a Juan que alumbrara hacia la derecha y Juan alumbró y en efecto, una escalera en espiral se alzaba desde algún lado del pozo, y Juan la siguió con la luz de la linterna, hasta que encontró su inicio justo al lado derecho de la ventana.
"No estarás pensando en entrar ahí, ¿verdad?", le dije a Juan que alumbraba hacia la escalera y hacia el pozo alternativamente. "Sí, ¿por qué no?", respondió.
Juan siempre había sido muy obstinado, pero los tres lo admirábamos por su tenacidad y valentía, y sabíamos que un pozo oscuro no iba a detenerle.
Se amarró la linterna a la muñeca y empezó a descender y Milena, Joan y yo, nos quedamos paralizados mientras veíamos cómo esa pequeña luz en que se había convertido nuestro hermano mayor, descendía y descendía por esa escalera.
Por un momento la luz se hizo tan pequeña, que nos llenamos de miedo y empezamos a llamar a Juan desesperadamente, cada vez con mayor insistencia; pero no respondía y nos asustamos aun más, cuando vimos que la luz se apagó ante nuestros ojos. La primera en gritar como una loca fue Joan,a la que Milena y yo tuvimos que taparle la boca y tranquilizarla. De nuestra casa apareció la voz de papá, a la que se le sumó la de tía Marta llamando a Joan. Milena y yo permanecimos quietos y callados mientras le tapábamos la boca a Joan. Las voces desaparecieron, y volvimosa mirar al pozo, del que salía un olor extraño y cada vez más persistente y un silencio y una oscuridad total. Pero ahora nadie se atrevía a gritar ni a llamar a Juan. Estábamos tan asustados, que empezamos a consolarnos recíproca y silenciosamente; a mí se me salió una lágrima, pero la oculté para no contagiar a mis dos hermanas. Yo era el hombre de la situación, tenía que ser fuerte, tenía que hacerle ver a mis hermanas que yo estaba ahí, y que nada malo iba a ocurrirles a ellas o a Juan mientras yo estuviera ahí.
Salté la pared para ir a casa a buscar una linterna. Encontré dos y las llevé conmigo. Regresé y le di una a Milena, amarré la otra a mi muñeca y empecé a descender por la escalera con el fin de saber qué le había ocurrido a nuestro hermano.
Era una escalera particularmente cómoda y muy bien hecha. Tardé alrededor de tres o cuatro minutos para llegar al fondo. Alumbré hacia la derecha y vi una gran puerta metálica que tenía algo como un timón de barco en el centro; giré un poco eso que parecía un timón, y la puerta empezó a abrirse lenta y misteriosamente, y poco a poco fui vislumbrando un enorme cuarto en el que había cientos y cientos de cadáveres con un lingote de oro en sus manos, vi a Juan, y escuché unos pasos que venían de la escalera.
(Julio 2 de 2009).
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