Qué tal, Lena, cómo te va, qué tal. Lena, ayer no hice otra cosa que pensar en ti, que recordar tu cuerpo junto al mío en esta cama en la que hoy no estás, pero en la que has estado tantas veces desnuda, es decir, bella, entregada, es decir, mía.
Entonces me resulta extraño ese extraño desdoblamiento del que somos víctimas, ese paso del tiempo que se justifica en nuestros actos, en nosotros mismos.
Ayer era miércoles, como tantos otros, pero no estabas en esta cama, como tantos otros; no estabas en esta cama ni en este tacto ni en este llanto.
Pero hay que ser justos, Lena, yo tampoco estuve ayer en tu angustia, yo tampoco vi esa falsa sonrisa que debías tener puesta en la cara.
Entonces somos víctimas, entonces el gran Cronos juega con nosotros, apuesta en nosotros noche contra día, verano contra invierno, nieve contra fuego.
Y es aquí, Lena, en este punto, donde hay que replantearse la pregunta, reformulársela nuevamente: ¿Cómo ese extraño e inevitable fenómeno llamado tiempo se expande y se contrae, expandiéndonos y contrayéndonos en él mismo, inventándose para consolar nuestra incomprensión esa pueril explicación, esa arena movediza que solemos llamar pasado o presente o futuro, y que solo nos sirve para intentar entender y posteriormente explicarnos eso que llamamos realidad?
Es extraño pero no lo entiendo, Lena, no puedo entenderlo, y tal vez sea mejor así. No me explico ese inevitable acontecer del hoy llueve y mañana hace sol, del hoy río y mañana lloro, del hoy nazco y mañana muero, ¿fatalidad, destino, devenir?, fenómeno inexplicable, fenómeno inexplicado.
Y así resulta que el juego está jugado, alea jacta est, que somos las piezas sobre el tablero que no veremos jamás, que nuestros cabellos están contados, que el agujero negro nos absorbe a diario, sigilosa, secreta, indefectiblemente a espaldas nuestras.
De nuestra primera a nuestra última mirada hay menos de un segundo, de la edificación al derrumbamiento de nuestros sueños, menos de una vida.
Y claro que sé que hay que vivir, Lena, reinventándonos a diario, pero además hay que soñar, con los pies en la tierra y las alas en el cielo, no vaya a ser que nos pase como al Ícaro. ¿No es eso lo que has querido decir?...
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