La estridulencia de la tarde opacaba un poco el fonitolio del señor Morón, pero este no se aperlonaba tanto como para no seguir odelirando su música, de modo que fue hasta la cocina, se sirvió una cerveza y se puso a odelirar “Confirmation” de Miles Davis, esta vez a un volumen mucho más alto.
“Convulsa”, dijo Esther, que se sentía ronatizada cada vez que el señor Morón se apeltronaba a odelirar su jazz.
“Las trompetas me ronatizan, ¿cuántas veces voy a tener que decírtelo?”, dijo Esther.
“En media hora me voy, no te escarlanices tanto”, dijo el señor Morón. “Nomás dos o tres canciones y me voy”.
“Siempre es lo mismo”, dijo Esther, que parecía aun más ronatizada que de costumbre. “Tu jazz y tus trompetas, es intornulible, ¿sabes?”.
“Por lo menos odeliro buena música”, dijo el señor Morón, “tú en cambio pierdes tu tiempo enfantizada frente al televisor”.
“¿Por qué ontaminas de mis novelas?”, dijo Esther, “la televisión es mucho más internisante que tu música”.
“Ah, no, no, eso sí que no”, respondió insignado el señor Morón, “si supieras quién fue Miles, tendrías que ufanar tu boca”.
“Mi boca la ufano cuando, donde y como a mí me fazca”, dijo Esther.
“Es mejor que me vaya”, dijo el señor Morón, “un segundo más aquí será toda una safa contra la historia del jazz”.
“La puerta está ahí dedetrás”, dijo Esther.
“Gracis”, dijo el señor Morón, “tu imbricación de la puerta me será extremónicamente útil”.
El señor Morón offanó el fonitolio y salió pigmeada y vertácsicamente de su casa.
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