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sábado, 25 de mayo de 2013

No sé por qué se me da por escribir. De repente pienso en pájaros,
en músicas de pájaros, en vuelos de pájaros, en cantos.
Pienso en abejas, en alacranes bailando en un vientre desnudo,
en hileras de hormigas buscando un nido de azúcar, en orquídeas.
Pienso en el sol, en la noche y las estrellas, en la aurora
y el ocaso, en tus muslos.
Pienso y pienso y pienso y pienso, y nunca dejo de pensar en que pienso.
Entonces invento que tomo un café, que leo el periódico, que vivo.
Entonces imagino que vivo del aire, que sueño palabras, que respiro.
Descubro la voz que hay mí, y le hago preguntas:
¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy? ¿Tienes que trabajar?
Y la vida y el vivir y el ser se vuelven la noche repetida.
Y la vida y el vivir y el ser se vuelven la noche repetida.

jueves, 5 de mayo de 2011

¿Qué estoy pensando? Tal vez en el helado o en las sandalias que ella no quiso comprar el viernes por pura pataleta, en los árboles que hay de este teclado a la casa de la más cercana hormiga o en la playa que suelo visitar cada vez que piso las dunas de Marte. Sí, en eso pienso. Pero también pienso en que a veces caigo en la tontería de pensar en que a veces caigo en la tontería de pensar, y de repente las palabras y las ideas se me bifurcan, los dedos y los ojos se escriben entre ellos en un idioma que yo nunca puedo entender, pero que atestiguo con ceremonial anhelo de infante recién llegado a patria ajena.


Por supuesto que la amo, y la prueba de eso está en que ayer fuimos al zoológico y pude comprenderme un poco más, pude revisarle la conducta desde la inexistente animalidad de nuestros ya inexistentes piojos. Los piojos ya no están, la animalidad es una redundancia, y repito, los piojos ya no están, y es una lástima porque de existir aún, de vivir salvajes en las selvas de nuestras cabezas y nuestras conciencias, nos habrían ayudado a parecernos un poco más: cinco metros y te pego, cinco golpes y me demandas, cinco demandas y nos dejamos. Ojalá tengas en cuenta mi admonición y sometas tu ausencia a lo físico, única forma dialécticamente objetiva de la ausencia...Y se me dirá que para escribir hay que tener en cuenta las reglas, que si empiezo escribiendo en primera persona debo hilvanar el resto del texto con hilo del mismo color y que papatí y que patatá, cuestiones de la estética finalmente. Pero yo podría defenderme diciendo que una mariposa amarilla no es más bella que una marrón y que una azul es tan cielo como el mar.
Primero de mayo, 1886, primero de mayo, 2011. Las calles ardían de voces, las pantallas arden de historia.
Cómo me gustaría ver esas sandalias romanas en tus pies, Beatriz...Beatriz, sí, Dante y Salomón deben estar de acuerdo conmigo... Me dices que una chupeta te ha quitado un fuerte dolor, cosa que no entiendo por lo demás, pero que creo con eclesiástico cientificismo amoroso. Y pensar que ya es la noche y que el tiempo es la luna y que la vida es la garganta... ¿Qué estoy pensando? ¿Qué estaba pensando?...

sábado, 12 de febrero de 2011

Amanda, Lucía, Bertha, Lena, los nombres, las pieles, los rostros, las bocas, las manos con que el tiempo golpearía mi hombro hasta sangrarlo, hojas silvestres, túnel, cantos lejanos silbándome los pies, abanico de múltiples espejos y espejismos, estatuas erguidas mirando a los ojos, aguijones; escorpiones hambrientos de antiguas músicas, aves incendiando océanos, cataratas congelando flautas y selvas; todas las arenas, todos los mares, todas las camas y brazos del mundo, el sol y la vida, el cataclismo y la noche, el sexo, órganos profundos para la muerte, trampa dulce al gusto, enigma, enigma mujer muerte, las moscas del perfumista, búmerang cansancio, flechas de dioses torpes, la renuncia y la espada, el asta y la guerra, la guerra, cara y cruz, Orión y Andrómeda…

jueves, 10 de febrero de 2011

Y si al destino se le hubiese ocurrido
hacernos coincidir bajo otras circunstancias,
bajo otra época y otras caras y otros nombres y otras voces,
habríamos llegado a pensar exactamente lo mismo:
Que alguna vez habríamos coincidido.
Advierto que soy sólo un hombre y que estoy solo,
que nada tengo en mis manos, que no tengo nada.
Que tengo frío en el alma, sed en el cuerpo y amor
en el pecho, que más nada tengo, más nada.
Advierto que nadie duerme a mi lado, ni siquiera
la muerte, nadie.
Advierto que no tengo pan ni casa,
que estoy desnudo,
desnudo como arrojado al mundo, desnudo.
Advierto que estoy muerto y que algún día moriré.
Que esto que se escucha es mi rostro y que esto
que se asoma es mi voz, que esto soy:
canción y poema, azar y camino, humedad y sexo;
polvo de la explosión de Dios,
piedra recién caída de la fuente.

lunes, 31 de enero de 2011

Aquí estamos, encerrados en esta absurda libertad
sin nuestros cuerpos, rodeados de este enorme
espacio inconmensurable en que no estamos,
en que no oímos nuestra voz, en que nos
evaporamos y caemos al suelo en estas gotas,
estas tristes gotas humedecidas por el ayer,
por ese distante recuerdo del ayer, por ese
doloroso tiempo que nos bañó de placer y nos
hizo creer que no habría mañana, que nunca
más nos faltaríamos, que nunca más estaríamos
sin nosotros.
Pero aquí estamos, sin nosotros, sin la húmeda
caricia de nuestra piel, sin el pronunciamiento
de aquellas palabras que nustras bocas suelen
resumir en un beso, sin la mirada en nuestros ojos,
sin nuestras manos que nos necesitan.
Aquí estamos, distantemente unidos por el deseo,
soportando este insoportable placer doloroso
de la espera, esperando, esperándonos

jueves, 27 de enero de 2011

La estridulencia de la tarde opacaba un poco el fonitolio del señor Morón, pero este no se aperlonaba tanto como para no seguir odelirando su música, de modo que fue hasta la cocina, se sirvió una cerveza y se puso a odelirar “Confirmation” de Miles Davis, esta vez a un volumen mucho más alto.

“Convulsa”, dijo Esther, que se sentía ronatizada cada vez que el señor Morón se apeltronaba a odelirar su jazz.
“Las trompetas me ronatizan, ¿cuántas veces voy a tener que decírtelo?”, dijo Esther.
“En media hora me voy, no te escarlanices tanto”, dijo el señor Morón. “Nomás dos o tres canciones y me voy”.
“Siempre es lo mismo”, dijo Esther, que parecía aun más ronatizada que de costumbre. “Tu jazz y tus trompetas, es intornulible, ¿sabes?”.
“Por lo menos odeliro buena música”, dijo el señor Morón, “tú en cambio pierdes tu tiempo enfantizada frente al televisor”.
“¿Por qué ontaminas de mis novelas?”, dijo Esther, “la televisión es mucho más internisante que tu música”.
“Ah, no, no, eso sí que no”, respondió insignado el señor Morón, “si supieras quién fue Miles, tendrías que ufanar tu boca”.
“Mi boca la ufano cuando, donde y como a mí me fazca”, dijo Esther.
“Es mejor que me vaya”, dijo el señor Morón, “un segundo más aquí será toda una safa contra la historia del jazz”.
“La puerta está ahí dedetrás”, dijo Esther.
“Gracis”, dijo el señor Morón, “tu imbricación de la puerta me será extremónicamente útil”.
El señor Morón offanó el fonitolio y salió pigmeada y vertácsicamente de su casa.

miércoles, 26 de enero de 2011

Mientras dormías sobre mi cama, desnuda, me puse a mirarte lentamente.
Empecé por tu pelo, te recorrí lentamente hasta llegar a la planta de tus pies.
Volví a mirarte y me di cuenta de que tu nariz absorbía tanto oxígeno como
la mía, de que no dabas aire como un ventilador o un árbol, de que respirabas
como yo.
Así que te miré de nuevo, busqué una planta de fríjoles en tus manos, pero en tus manos sólo había uñas y dedos, no arroz ni papa ni fríjoles.
Te volví a mirar, busqué un pedazo de pan en ti, pero solo eras senos y vientre y labios y muslos, no sabías a pera o a café y no tenías pétalos por ningún lado.
Entonces volví a examinarte, cuidadosamente, y de ti no brotaba ni agua ni leche ni jugo de naranja ni olor a trigo.
Luego miré mi cuerpo, los brazos y el pecho, el hígado y el corazón que soy, y tus orejas no eran las mías y por tus venas no corría mi sangre.
Y mientras mis ojos y yo estábamos ahí descifrándote, y mientras tu cuerpo y tú estaban ahí revelándote, descubrí que tenía alas.
Qué fácil tenerte siempre al lado,
dormir contigo, hacerte el amor,
arrojarte palabras al oído,
cerrar los ojos y verte.
Qué fácil tomarte de la mano,
decirte, ven, vamos,
llevarte a todas partes,
sentirte respirar.
Qué fácil tu silencio,
tus palabras que no dicen nada, escucharte.
Qué fácil verte andar, verte ir y venir,
contar tus pasos.
Qué fácil es tocarte,
oler tu omnipresencia, besar tu infinito.
Qué fácil y liviana y eterna eres, qué grande,
qué honda y espesa, qué hermana de la muerte.
Eres el bastón con el que se aprende a andar,
el espejo en el que conoce uno su rostro,
el peso en la espalda, el eco,
las estatuas que van quedando,
eres la sombra en todas partes.
Qué tal, Lena, cómo te va, qué tal. Lena, ayer no hice otra cosa que pensar en ti, que recordar tu cuerpo junto al mío en esta cama en la que hoy no estás, pero en la que has estado tantas veces desnuda, es decir, bella, entregada, es decir, mía.
Entonces me resulta extraño ese extraño desdoblamiento del que somos víctimas, ese paso del tiempo que se justifica en nuestros actos, en nosotros mismos.
Ayer era miércoles, como tantos otros, pero no estabas en esta cama, como tantos otros; no estabas en esta cama ni en este tacto ni en este llanto.
Pero hay que ser justos, Lena, yo tampoco estuve ayer en tu angustia, yo tampoco vi esa falsa sonrisa que debías tener puesta en la cara.
Entonces somos víctimas, entonces el gran Cronos juega con nosotros, apuesta en nosotros noche contra día, verano contra invierno, nieve contra fuego.
Y es aquí, Lena, en este punto, donde hay que replantearse la pregunta, reformulársela nuevamente: ¿Cómo ese extraño e inevitable fenómeno llamado tiempo se expande y se contrae, expandiéndonos y contrayéndonos en él mismo, inventándose para consolar nuestra incomprensión esa pueril explicación, esa arena movediza que solemos llamar pasado o presente o futuro, y que solo nos sirve para intentar entender y posteriormente explicarnos eso que llamamos realidad?
Es extraño pero no lo entiendo, Lena, no puedo entenderlo, y tal vez sea mejor así. No me explico ese inevitable acontecer del hoy llueve y mañana hace sol, del hoy río y mañana lloro, del hoy nazco y mañana muero, ¿fatalidad, destino, devenir?, fenómeno inexplicable, fenómeno inexplicado.
Y así resulta que el juego está jugado, alea jacta est, que somos las piezas sobre el tablero que no veremos jamás, que nuestros cabellos están contados, que el agujero negro nos absorbe a diario, sigilosa, secreta, indefectiblemente a espaldas nuestras.
De nuestra primera a nuestra última mirada hay menos de un segundo, de la edificación al derrumbamiento de nuestros sueños, menos de una vida.
Y claro que sé que hay que vivir, Lena, reinventándonos a diario, pero además hay que soñar, con los pies en la tierra y las alas en el cielo, no vaya a ser que nos pase como al Ícaro. ¿No es eso lo que has querido decir?...

martes, 25 de enero de 2011

Lena solía enfatinarse cada vez que le hacía una pregunta de carácter serio a Michel y este se ponía a bromilerar, o cuando menos a interfular paranas que una vez escrituriadas, asontaban, dispernían y exterfonaban aspóticamente a Lena. Entonces ella, insignadísima, le regulguía un monino que Michel era incapaz de comprender y astordilar.

Pero la cosa no paraba ahí, porque ante tal fansontanina, Michel se pondulaba nuevamente en su silla y empezaba a interfular más y más paranas, esto con el fin de intermelarle a Lena que ella no era tan tarzona como ella creía, y que además el arte de escrituriar era algo ofanónicamente ilenible para una pintora, que es lo que ella era.
Y así torsinaba la discusión y Lena y Michel seguían en sus fantrosidades como si nada, hasta que torduviesen la polanidad de escrituriarse o atorninarse de nuevo.

El pozo


Si mamá hubiera estado en casa, seguramente nos habría reprendido. Empezaba a oscurecer. Juan había sido el primero en saltar, Milena la segunda, Joan la tercera. Yo había decidido ser el último porque quería vigilar que nadie en casa nos viera saltando esa pared.
Cuando salté, Milena y Joan estaban removiendo unas piedras que formaban como una pequeña montaña en el patio de doña Carmen.
"No hay nadie", dijo Juan en voz baja, que venía de la puerta del patio.
Milena y Joan siguieron removiendo las piedras, hasta que quedó solo una y pudimos ver claramente que detrás de ella, había como una especie de ventana que salía del suelo. Juan quitó esa última piedra, la más grande y pesada tal vez, y los cuatro nos dispusimos a abrir la ventana, que se resistía furiosamente a dejarnos ver lo que escondía.
Decidido a descubrirlo, Juan forzó y forzó la ventana hasta que finalmente se abrió: Era un hueco inmenso, como un pozo oscuro y profundo del que emanaba un extraño olor.
Como era imposible ver el fondo, Juan saltó la pared y fue a casa y regresó con una linterna. Alumbró hacia el interior del pozo y Joan, que no había dicho una palabra hasta el momento, dijo que le había parecido ver una escalera, y le pidió a Juan que alumbrara hacia la derecha y Juan alumbró y en efecto, una escalera en espiral se alzaba desde algún lado del pozo, y Juan la siguió con la luz de la linterna, hasta que encontró su inicio justo al lado derecho de la ventana.
"No estarás pensando en entrar ahí, ¿verdad?", le dije a Juan que alumbraba hacia la escalera y hacia el pozo alternativamente. "Sí, ¿por qué no?", respondió.
Juan siempre había sido muy obstinado, pero los tres lo admirábamos por su tenacidad y valentía, y sabíamos que un pozo oscuro no iba a detenerle.
Se amarró la linterna a la muñeca y empezó a descender y Milena, Joan y yo, nos quedamos paralizados mientras veíamos cómo esa pequeña luz en que se había convertido nuestro hermano mayor, descendía y descendía por esa escalera.
Por un momento la luz se hizo tan pequeña, que nos llenamos de miedo y empezamos a llamar a Juan desesperadamente, cada vez con mayor insistencia; pero no respondía y nos asustamos aun más, cuando vimos que la luz se apagó ante nuestros ojos. La primera en gritar como una loca fue Joan,a la que Milena y yo tuvimos que taparle la boca y tranquilizarla. De nuestra casa apareció la voz de papá, a la que se le sumó la de tía Marta llamando a Joan.  Milena y yo permanecimos quietos y callados mientras le tapábamos la boca a Joan. Las voces desaparecieron, y volvimosa mirar al pozo, del que salía un olor extraño y cada vez más persistente y un silencio y una oscuridad total. Pero ahora nadie se atrevía a gritar ni a llamar a Juan. Estábamos tan asustados, que empezamos a consolarnos recíproca y silenciosamente; a mí se me salió una lágrima, pero la oculté para no contagiar a mis dos hermanas. Yo era el hombre de la situación, tenía que ser fuerte, tenía que hacerle ver a mis hermanas que yo estaba ahí, y que nada malo iba a ocurrirles a ellas o a Juan mientras yo estuviera ahí. 
Salté la pared para ir a casa a buscar una linterna. Encontré dos y las llevé conmigo. Regresé y le di una a Milena, amarré la otra a mi muñeca y empecé a descender por la escalera con el fin de saber qué le había ocurrido a nuestro hermano.
Era una escalera particularmente cómoda y muy bien hecha. Tardé alrededor de tres o cuatro minutos para llegar al fondo. Alumbré hacia la derecha y vi una gran puerta metálica que tenía algo como un timón de barco en el centro; giré un poco eso que parecía un timón, y la puerta empezó a abrirse lenta y misteriosamente, y poco a poco fui vislumbrando un enorme cuarto en el que había cientos y cientos de cadáveres con un lingote de oro en sus manos, vi a Juan, y escuché unos pasos que venían de la escalera.


(Julio 2 de 2009).